Volver a casa: el niño que aún vive en nosotros.
marzo 30, 2026
En medio del ruido del mundo y de las expectativas que acumulamos con los años, a veces olvidamos algo esencial: quiénes éramos antes de intentar convertirnos en lo que otros esperaban de nosotros.
Sin embargo, dentro de cada persona permanece una parte silenciosa que todavía recuerda esa verdad sencilla.
Hay una parte silenciosa en cada uno de nosotros que todavía recuerda quiénes éramos antes de que el mundo empezara a decirnos quién debíamos ser.
No se manifiesta con ruido ni interrumpe nuestros días apresurados, pero permanece allí, latente, en el trasfondo de nuestras decisiones, de nuestros miedos y de nuestros anhelos.
Y muchas veces, sin darnos cuenta, gran parte de lo que hacemos es un intento de recuperar aquella sensación que teníamos de niños: la de sentir que éramos suficientes sin necesidad de aparentar nada.
Crecemos pensando que tenemos que convertirnos en algo. Empezamos a acumular expectativas: las de los demás y también las nuestras. Creemos que debemos encajar en ciertos lugares, lograr ciertas metas, demostrar algo a alguien.
Y en ese intento constante por ser, poco a poco nos alejamos de una verdad mucho más simple: que antes de todo esto, ya éramos completos. Al final de tantos deseos y de tanta búsqueda, quizás lo que realmente anhelamos no es el éxito tal como hoy lo definimos.
Lo que buscamos es reconocimiento. Pero no necesariamente del mundo. Sino de nosotros mismos. Queremos sentirnos vistos como alguna vez lo hicimos: sin condiciones.
Muchas de nuestras inseguridades, preocupaciones e incluso la forma en que amamos o nos protegemos parecen tener raíces en aquella etapa temprana de la vida. La manera en que respondemos al afecto, la forma en que dudamos antes de expresar lo que sentimos… muchas veces nace allí.
Y mientras el mundo sigue moviéndose con rapidez, a veces nos sentimos un poco ajenos a él. En medio de tanto movimiento, olvidamos algo fundamental: mirarnos a nosotros mismos. Olvidamos que la aprobación que buscamos afuera siempre debió comenzar dentro.
Tal vez por eso, incluso cuando todo parece estar bien por fuera, algo en nuestro interior continúa sintiéndose incompleto. Como si una parte de nosotros aún esperara ser reconocida, aún esperara ser elegida.
A veces pienso en esos recuerdos pequeños que parecían insignificantes entonces, pero que hoy tienen una calidez imposible de reemplazar.
Recuerdo ir a casa de mi abuela, cuando nos ofrecía un bote entero de helado. No era solo el helado. Era la risa compartida, la despreocupación del momento, la forma en que la felicidad existía allí, sin razones ni condiciones. Y recuerdo cómo decíamos, con total inocencia, que cuando fuéramos mayores tendríamos todo el helado que quisiéramos.
Ahora hemos crecido. Tenemos la capacidad de regalarnos esas pequeñas alegrías… y aun así dudamos. Postergamos la felicidad como si fuera algo que hubiera que merecer. Decimos “después” tantas veces que olvidamos cómo vivir el “ahora”. En algún momento dejamos de permitirnos sentir alegría con la misma libertad.
Pero tal vez sanar o reencontrar la felicidad no sea tan complicado como a veces creemos. Quizás no se trate de reconstruirlo todo ni de convertirnos en alguien completamente nuevo. Quizás se trate simplemente de regresar, de vez en cuando, a las cosas que antes nos hacían sentir ligeros.
A los momentos que no exigían nada. A esa versión de nosotros mismos que existía sin tantas dudas. Elegir pequeñas alegrías sin culpa. Descansar sin cuestionarlo.
Hacer algo simplemente porque nos hace bien.
Cuando empezamos a hacer cosas por el niño que llevamos dentro, la vida deja de sentirse como una carrera interminable y empieza a parecerse más a un lugar donde realmente podemos vivir. Dejamos de esforzarnos tanto por ser alguien, y comenzamos a permitirnos simplemente ser.
Así que la próxima vez que te sientas perdido, inseguro o abrumado por todo, detente un momento y hazte una pregunta sencilla:
¿Qué haría sonreír a mi yo más joven en este instante?
Y si puedes, hazlo. No porque vaya a resolverlo todo, sino porque te recordará algo importante que nunca debiste olvidar.
Que crecer no significaba abandonarte. Y que al elegir esa parte de ti que aún conserva la inocencia y la ternura, tal vez descubras que, después de todo, sigues siendo capaz de volver a casa dentro de ti mismo.
A veces pienso en mi yo más joven, en ese niño que solo quería sentirse visto y encontrar felicidad en las cosas pequeñas. Y me pregunto si esta versión de mí lo haría sentir orgulloso. Creo que sí.
No porque lo tenga todo resuelto, ni porque me haya convertido en alguien extraordinario, sino porque lo intento. Intento comprenderme. Intento ser amable con mi propio corazón. Intento elegir lo que siento correcto, incluso cuando no coincide con lo que otros esperan. Y tal vez eso sea suficiente.
Porque crecer no debería significar alejarnos de quienes fuimos, sino aprender a cuidar con más ternura esa parte de nosotros que aún necesita ser vista. Quizás, al final, volver a casa no sea regresar a un lugar… sino reencontrarnos con nosotros mismos.
Gracias por leer.
Sigamos cuidando la luz que llevamos dentro.
Patricio Varsariah
Publicado por Patricio Varsariah.
























